—Molerte á bastonazos.
—Ya tendrías tú media docena de ellos encima de tu alma si no mirara...
—¡Difamador!
—¡Hipócrita!
—¡Bárbaro!
También esta entrevista acabó rodeada de transeuntes y hasta silbada de granujas.
No sé á punto fijo cuánto profundizó en el espíritu de Gedeón el que éste juzgó dardo lanzado á su pecho por Anás desde la sepultura de Herodes; pero me consta que al encerrarse en su cuarto, exclamó, poniendo todo su corazón en sus palabras:
—¡Señor, entre qué gentes he pasado lo mejor de mi vida!
Después volvió á encerrarse en su concha; y ningún acontecimiento notable alteró la triste monotonía de su existencia, hasta el instante en que se le presento á mis lectores al comenzar la historia de esta tercera y última jornada de su vida.
Pero heme referido allí únicamente al aspecto exterior de nuestro personaje; y ahora necesito decir dos palabras acerca de sus interioridades.