—Mientras tenga los miembros sanos, no; pero bien pudiera suceder.
—¿Por tan desalmado me tienes?
—Cayéndose usted de generoso, puedo quedarme á puertas mañana.
—Eso es decir que temes que yo me muera de repente.
—Ó por sus pasos contados; pero como la voluntad de usted no consta más que en sus palabras...
—Ya te tengo dicho lo que pienso hacer para que mi voluntad sea conocida y respetada.
—Pero, entre tanto, puedo morirme yo, y ese hijo que anda por esos mundos, sabe Dios cómo, no recogerá de su madre ni las tristes soldadas que tiene ganadas en más de quince años, sirviéndole á usted.
—Luego ¿desconfías de mí?
—No, señor; pero, á decir verdad, quisiera tener bien arreglada esa cuenta, por lo que pudiera tronar.
—Lo que tú temes es que yo truene á la hora menos pensada... no me andes con andróminas; y lo que debes hacer es pedirme lo que te debo; ir á darte buena vida con ello, y dejarme á mí solo y abandonado, pudriéndome en este rincón...