Apóyale en todos sus asertos y comentarios, con la muletilla de «¡mucho que sí!,» un joven de medio siglo, que tapa la sesera, tanquam tábula rasa, con dos pabellones de pelo engomado que ha podido conservar en los respectivos parietales. Tiene este amable sujeto la inocente manía de conocer íntima y particularmente á cada personaje político, militar ó científico que en la conversación salga á cuento. Según él, todos los ministros, en cuanto llegan á serlo, le ofrecen honores y destinos, y todas las chicas guapas le quieren y le miman. Por lo demás, es sumamente risueño y complaciente, y no tiene pizca de sentido común.

Forma contraste con él un indianete que alardea de no creer en Dios, porque estuvo seis días en los Estados Unidos; y anda tan escaso de caudal como de ganas de gastarle. Siempre, y aunque no venga á peso, tiene estas frases en los labios, entre las hebras de un cigarro infame del estanco:

—¡Como á mí me pidieran dinero prestado, á puñaladas había de contestar al muy sinvergüenza!

Y es fama que á puñalada limpia ganó él lo que tiene.

Deben citarse también, aunque no describirse, dos especieros retirados que arman entre sí muchas camorras, porque ambos toman por lo serio los discursos de las Cortes, que leen en La Correspondencia; siendo el uno impertérrito esparterista, y el otro clerical denodado.

Pero la salsa de aquel condumio es un don Acisclo Berruguete, que ha resuelto el problema de vivir de señor con cinco reales y medio al día. Y verán ustedes cómo. En el barrio más sucio de la población, y en la calle más miserable del barrio, y en la casa más fementida de la calle, tiene alquilada una cama en el cuarto más infame de la casa, lujo que le cuesta dos reales diarios. La misma pupilera le da un potaje al mediodía, por catorce cuartos; y por tres, una taza de cascarilla por la mañana. Con el real y medio que le queda, compra pan, y fuma y ahorra para luz é imprevistos.

Explicaremos este milagro. Come una libra al día, que le cuesta cinco cuartos y medio; pero temiendo que con las provisiones á la vista se le deslizasen los dientes, compraba media para la comida y otra media para cenar y desayunarse. Esta ventaja indudable tuvo un inconveniente de gravedad para él, porque costando cada media libra dos cuartos y medio, más un maravedí, y siendo imaginaria esta moneda, el panadero habría de cobrarle tres cuartos, es decir, un maravedí más de lo justo: de modo que le saldría la libra á seis cuartos. El caso era de meditarse, y don Acisclo meditó larga y reposadamente, y venció al cabo la dificultad, comprando él mismo el pan á un panadero conocido, y pagando, con la segunda media libra, la primera que se llevaba fiada. Así vivió algunos meses; pero advirtió la trampa el panadero, y obligó á don Acisclo á pagar al contado. Lo propio le sucedió en cuantas panaderías fué recorriendo, hasta que se vió precisado á comprar la libra entera y á poner á prueba las tentaciones de su apetito. No se ha dado todavía el caso de que sus dientes se claven en la media libra de reserva después de haber molido la otra media; pero el peligro no más de la caída le trae desazonado y en perpetua meditación.

De los seis cuartos y medio que le quedan, invierte dos, cada tres días, en higos pasos, con un par de los cuales y un cuarterón de pan, cena, añadiendo, de vez en cuando, algo que rebaña en las mesas de los cafés, mientras, de intento, da conversación á los conocidos que las ocupan.

Un tabernero de la calle le hace media docena de velillas de sebo pestilente, por un real, con las cuales tiene para alumbrarse medio año; porque es de saber que no gasta luz más que para orientarse en su cuarto, al entrar en él para meterse en la cama. Todo lo demás lo hace á obscuras. No fuma tabaco si no lo araña en petaca ajena; fuma todo lo que arda envuelto en un papel y huela, aunque huela á demonios. Por eso, tan pronto fuma laurel seco, como yerbaluisa, como anís silvestre, como menta de perro... lo que abunde en la mies cercana ó en el bardal más próximo.

De este modo, ahorra cinco ó seis reales cada mes; y entonces se permite echar una cana al aire con media docena de amigos, acompañándolos á comer de campo.