También es cierto que sólo toma parte en los insulsos debates que allí se sustentan, para llamar cabra á don Acisclo; melones á los especieros; estúpido al indianete; simple al joven de medio siglo; momia al septuagenario, y alcornoque al amo de la tienda.
Y como estas flores las echa con el ceño fruncido y la voz retumbante, sin meterse en más honduras ni razonamientos, recíbenlas los floreados á título de cosas de don Gedeón, y danle el puesto de preferencia en la tertulia.
Ocúpale él con la conciencia de que le merece; y siempre le abandona con el propósito de no volver á meterse entre aquella «reata de bestias.» Pero vuelve.
Acaso le mueve á ello una necesidad de su temperamento, que se desahoga llenando de improperios á la reata aquélla; acaso la fuerza misma de su aburrimiento le hace dar por las paredes; acaso es su destino que se cumple así... Lo que el lector quiera. El hecho es que Gedeón no falta nunca á la tertulia de la tienda, y que todos los Gedeones que yo conozco de la misma edad que el de esta historia, tienen por único recreo otra tienda por el estilo para reñir con el lucero del alba que se presente, servir de estorbo á los marchantes y ocasionar la ruína del tendero; sin que, en rigor de verdad, puedan decir que, al precio de tanto mal como han causado, se han divertido una vez siquiera.
VII
LA VANGUARDIA DE LA MUERTE