Así las cosas, ó porque el invierno se anticipa, ó porque es húmedo, ó porque... ¡vayan ustedes á averiguarlo! un día la gota se encrespa, hácese río caudaloso; y subiendo, subiendo desde la punta de los pies, llega hasta las puertas del estómago de Gedeón; con lo cual el asma, como si temiera ver inundada su vivienda, échase pecho arriba y comienza á bregar en las estrecheces de la garganta, buscando más ancho espacio y un aire que ya no encuentra en aquellas profundidades.

Gedeón, por ende, no sale de casa, y empieza á echársele de menos en la tienda y en los paseos que frecuentaba. En la tienda, á los pocos días; en los paseos, á los dos meses.

Debe de estar enfermo,—dicen sus contertulios una vez sola, sin mostrar otro interés por su vida, ni cansarse en enviar un triste recado á su casa.

—Hombre, ¿qué habrá sido de ese señor gordo que tomaba el sol en este banco todos los días?—pregunta un observador en el paseo.

—Hace más de dos meses que falta de aquí.

—¿Qué señor?—se le responde.

—Pues uno de estas señas y de las otras.

—¡Ah! Don Gedeón... Creo que está hecho una carraca. Ya no sale de casa... si es que no se ha muerto...

—¡Para la falta que hace en el mundo!...

Tal es el responso que ordinariamente reza el vulgo por los hombres como nuestro personaje.