Como á los muros ruinosos y á los árboles viejos, se les echa de menos, no por lo que valían, sino por el sol que quitaban y el espacio que, al desaparecer, dejan libre y desembarazado.
Entre tanto, el infeliz no halla momento de reposo, por más que le busca en holgado sillón ó en mullido lecho. Del uno al otro pasa á cada hora, forjándole el deseo posturas que, al tomarlas, son prensas que más le oprimen y extreman en su cuerpo los dolores y las ansias.
Así pasa el día, y después viene la noche. ¡Qué noche, gran Dios! Jurara en su febril desasosiego, que los muebles bailan; que las figuras de adorno disputan y pelean; que la mortecina luz, reverberando en opaca porcelana, refleja en puertas y paredes danzas de demonios y de brujas; y que oye hasta el ruido crepitante de sus miembros descarnados, y las carcajadas de sus bocas desgarradas y burlonas. Parécele el cuarto un cementerio, y su cama una tumba abierta, en cuyo fondo yace su propio cadáver, pero cadáver que siente y recuerda; porque por un fenómeno producido por la índole de sus tormentos, todo lo ha perdido menos la sensibilidad y la memoria.
Con ella recorre el dilatado campo de su vida; y por más que cierra los ojos y los oprime con sus manos, una luz vivísima, que á la vez le abrasa, le pone de manifiesto todo el sendero recorrido. Pero aquel campo es una estepa, en que ni huellas quedan de su paso. Allí todo es desolación y muerte. Tras él no viene nadie, porque nada deja en aquel árido desierto que preste abrigo y sombra al caminante. Por allí no pasan sino los pocos insensatos como él, que van huyendo.
Y cuando el sol reaparece, y la fiebre y los dolores le dejan sosegado unos instantes, abre los ojos y mira en su derredor. ¡Qué cuadro! Cerca de su lecho, la inmunda bestia, siendo, con su estertor continuo, reló de su agonía, y á la vez, con su presencia en aquel sitio, testimonio abominable de los mal colocados afectos del iluso; en otro rincón, la mercenaria Regla dormitando; Regla, cuyo cariño sigue las oscilaciones de sus dádivas y las alternativas de sus promesas; en sí mismo, los dolores del cuerpo y los gritos de la conciencia que le acusa.
El cansancio le rinde al cabo, y va á reposar durmiendo, ¡Vana esperanza! Regla, que parecía dormitar, meditaba también. Meditaba que su amo podía morirse en uno de aquellos paroxismos; que ella había pasado muchos años sirviéndole; que por esto, y quizá por algo más, tenía derecho á una buena recompensa, y que estaba á punto de perderla, porque el moribundo no había hecho disposición alguna en debida forma, que así lo declarase; y sabía también que desde que su amo se había agravado, todos los días preguntaba por él al portero una mujer sospechosa. Este indicio la excusaba, en su concepto, de toda consideración con el enfermo.
Mientras le ve luchar con el delirio de la fiebre, limítase á observarle, y ¡sabe Dios lo que entonces pasa por sus mientes! Pero en cuanto le ve dueño de su razón y sosegado, se levanta de la silla en que velaba, y se acerca de puntillas al lecho.
—¡Señor!—dice al oído del enfermo, con hipócrita suavidad.
—¿Quién me llama?—balbuce Gedeón, cuyos párpados empiezan á cerrar el sueño.
—Yo... Regla...