Y Regla, al hablar así, comienza á sollozar.
Tal es la necesidad de descanso que tiene el desgraciado, que, á pesar de la cruel insistencia de Regla, vuelve el sueño á apoderarse de él.
Al verle dormido, vacila la criada entre el temor de empeorar su causa enfureciendo á su amo despertándole, y el recelo de que se muera sin testar en el primer acceso que le acometa.
En esto, aparece en la sala, atropellándolo todo, una mujer, cubierta la cara con el velo de su mantilla. Pregunta por el enfermo á Regla, y ésta se le muestra maquinalmente con la mano, desde la puerta del gabinete.
Penetra en él la desconocida, y avanza hasta la cabecera de la cama.
—¡Gedeón! ¡Gedeón!—dice en voz no muy alta, pero anhelosa, al oído de éste.
—¡Otra vez, infame, inicua?... ¡Otra vez me despiertas?—responde á los pocos instantes Gedeón, entre angustiado y colérico.
Regla, que ha seguido con la vista azorada á la entremetida, cuando la oye llamar á su amo con tanta familiaridad, saca chispas con los dientes y lanza saetas por los ojos.
—¡Soy yo, Gedeón!—continúa diciendo la encubierta.—¡Mírame!
Y recoge el velo sobre su cabeza, dejando al descubierto la faz rechupada y angulosa de Solita.