El enfermo hunde su cabeza en la almohada, como si tratara de hacerse más invisible, para dormir impunemente.

—¿No me conoces?—añade Solita sacudiendo los hombros de Gedeón.

—¡Ya la justicia de Dios no tiene rayos para matarte?—grita iracundo y trémulo el infeliz, al verse tratado con tal inclemencia.

—Pero ¿no ve usted que descansa?—ruge entonces Regla, dirigiéndose á Solita con la indignación pintada en su semblante. ¡Como si ella misma no acabara de cometer el mismo delito!

—Y á usted ¿qué se le importa?—ruge á su vez Solita encarándose con Regla, de quien há mucho sospecha lo que el lector y yo sospechamos también.

—¡Me importa, porque le cuido... porque le velo... porque sé lo que padece!—contesta Regla devorando con los ojos á aquella mujer en quien ha descubierto á su invisible rival en la privanza de su amo.

—¡Mentira!... Tú no sabes lo que yo padezco... ó no tienes entrañas si lo sabes, cuando también me has despertado,—exclama Gedeón.

—¿Lo oye usted?—dice á Regla Solita, balbuciente de rabia.

—¿Quién es el otro verdugo que te acompaña, Regla?—pregunta el enfermo.—Quiero saber su nombre para maldecirle.

—Soy yo: Solita...