—Tampoco tú lo has sabido cuando también me despertaste.
—Para que durmieras luégo más descansado.
—Lo estaré, si tú te marchas.
—Del cuerpo, pero no del espíritu.
—¿Qué quieres decir?
—Que pienses en lo que debes pensar, antes de entregarte al sueño.
—¡Infame! ¿Temes que sea el último que duerma?
—No, pero...
—¡Víbora! ¿Esa agonía me preparas? ¿Ese es el consuelo que me traes?
Y cuando dice esto, Gedeón no encuentra ya postura cómoda en la cama; su respiración comienza á ser fatigosa; los dolores le punzan de nuevo, y los ojos se le inyectan de sangre.