—Señora—exclama Regla, trémula de coraje, más que por el estado de su amo, por lo que ha descubierto en el diálogo que éste ha sostenido con Solita,—yo asisto á ese enfermo; yo soy responsable de lo que le suceda por falta de cuidado... ya está usted viendo cómo se ha puesto con lo que le ha dicho...

—¿Y qué?—la pregunta Solita volviéndose á ella como serpiente que levanta su cabeza para lanzarse sobre su presa.

—Que no consentiré que usted continúe atormentándole.

—¡Bien, Regla, bien!... ¡Échala, mátala!... ¡Yo respondo de todo!

—¿Lo oye usted, mala mujer?

—¡Mala mujer yo!—brama Solita arrojando espuma por la boca.—¡Y eso me lo llamas... tú, fregona miserable!... ¡tú que le apartas de su deber! ¡tú que eres causa de que un padre reniegue de sus hijos!

—Silencio... maldecidas!—grita Gedeón ahogándose.

—¿No oye usted lo que me dice?—responde Regla, á punto de coger del moño á Solita.

—¿Estábais de acuerdo para echarme de aquí?—continúa ésta.—Pues bueno: yo saldré al balcón y lo publicaré todo; y lo que tú, desalmado, no quieres declarar en debida forma, lo sabrá la gente por mi boca.

—¡No, por caridad, Solita!—exclama Gedeón, viéndola dispuesta á cumplir en el acto su amenaza.—Vete de aquí... déjame descansar... y yo te prometo que sabré cumplir con mi deber... pero vete luégo... ahora mismo; porque si tardas un poco... me ahogo... ¡Regla!... ¡la cucharada!... ¡Ay! yo me muero... ¡La cucharada... Regla!