—¡El demonio que le lleve á usted!—le contesta Regla por todo consuelo, indignada al ver á la intrusa triunfante en aquella inhumana pelea.
—He aquí el pago. Gedeón... ¡sacrifícame otra vez por ella!...
—¡Socorro! ¡Vecinos! ¡Estas fieras me asesinan!...
Y como si las palabras del angustiado Gedeón hubieran llegado á su destino, se oyen pasos hacia la sala; y un instante después entra una persona en el gabinete.
Es el Doctor, que viene á hacer al enfermo la visita de la mañana.
Á su vista se enmudecen las dos mujeres, y hasta quieren disfrazar la ira de que están dominadas, con sonrisa y actitudes tan violentas como ociosas.
Gedeón, por el contrario, tan pronto como ve al médico, comienza á implorar de éste la autoridad que á él le falta para hacerse respetar.
Algo ha oído el Doctor al entrar en la casa, y no poco le dicen aquellas dos mujeres en quienes su presencia causa tan notorio desconcierto. Las palabras de Gedeón nada le descubren que él no haya sospechado.
Por de pronto, manda que le dejen solo con el enfermo. Solita y Regla cumplen el mandato; y la primera, cubriéndose la cara con el velo, y después de lanzar una mirada rencorosa á la segunda, sale de la casa hecha una furia, fulminando no sé qué tempestades y propósitos en respuesta á otras amenazas sordas con que va Regla escarbándole los oídos.
Solos, el Doctor y el enfermo, éste continúa lamentándose de su infortunio sin consuelo, y entona tristes endechas sobre lo que acaba de sucederle, tras una noche como la que ha pasado.