—He visto aquí una cara que me es desconocida,—dícele el Doctor después de haberle dado el calmante que le negó Regla, y de verle más sosegado y en reposo.

—Esa es la serpiente, Doctor; ¡la serpiente de mi paraíso!

—¿La serpiente, ó la manzana?

—Lo que usted quiera. La verdad es que esa mujer ha sido obstáculo perenne en el camino de mi vida desde que usted y yo nos conocimos; la hiel de todas mis amarguras...

—¿Y no ha habido manera de separar ese obstáculo, al parecer tan leve?

—No, Doctor; porque á la vez ha sido... ¿á qué ocultárselo á usted? gusano de mi conciencia.

—¡Hola!... ¿Luego es decir que no sin derecho le ha perseguido á usted?

—Hasta cierto punto, Doctor.

—Acaso con la exigencia de que se le cumplan determinadas promesas...

—Cabalmente.