—Y quizá exponiendo razones de esas que, por lo mismo que son hijas de una debilidad, son las más fuertes.
—Razones... sí; hijas de una debilidad mía, también; pero en cuanto á fuertes, no, señor.
—Pues no lo entiendo.
—Va usted á entenderlo al punto, porque yo no quiero tener secretos para el único hombre que en el mundo me ha querido bien y no me ha disfrazado la verdad.
—Mil gracias por la deferencia; pero cuide usted de no revelarme demasiado, para no sentir después un nuevo remordimiento.
—No, Doctor: ¡hasta por egoísmo necesito desahogarme con alguien de estas pesadumbres!
—Adelante, pues, con la historia.
—Me encontré con esa mujer, de humilde cuna, cuando aún tenía ella gracias y donaires, y yo buena salud y ciertas ideas de moral... Sin gran esfuerzo, acomodóse á mis propósitos. Pero dió en la gracia de mostrarme los suyos, por demás extremados y opuestos á los míos, precisamente cuando ya el desencanto me hacía mirarla como carga superior á mis fuerzas y deseos. Entonces le conocí á usted; y sin decir que sus teorías, para mí tan nuevas como interesantes, sobre el matrimonio y la familia, me convencieran, la verdad es que fueron causa de que yo sintiera un irresistible deseo de verme colocado en un terreno completamente despejado, para elegir la senda más de mi gusto, si en ocasión de elegir volvían á ponerme las circunstancias. Entonces pensé muy seriamente en desembarazarme del estorbo de esa mujer: intentélo varias veces; mas cuando ya iba á conseguirlo, venciendo miramientos pueriles que hasta allí me habían detenido, halléme unido á ella por un vínculo nuevo; de esos que amarran y doman al hombre de más bríos, mientras le quede un rastro siquiera de honra en el pecho... ¿Me entiende usted, Doctor?
—Perfectamente.
—No sé qué pensamientos me asaltaron cuando preso me ví de esta manera; porque antes de llegar á examinarlos, ya me atormentaban indicios... de cierto género... ¿Me entiende usted?