La señora Braulia, como mujer precavida, estudia sin cesar la manera de que en su jurisdicción ande todo conforme con los gustos y deseos de su amo; la cocinera trata de cumplir las órdenes de la señora Braulia, en lo que respecta á su importante ministerio; y en cuanto á Solita, arregla el gabinete como si tuviera hadas en las manos, y es una mariposa alrededor de la mesa: lo mismo maneja platos y cristalería, que un prestidigitador los cubiletes... Alguna vez tropieza con el codo al «señorito,» al mudarle el cubierto, ó le retira el plato sin estar desocupado; pero ¿quién diablos ha de atreverse á reprender tales descuidos, al ver cómo la delincuente ofrece sus disculpas en memoriales de sonrisas que, aun á los ojos del más diestro en semejantes lecturas, tanto picaran en malicia como en rubor?
Es tal el esmero con que se le sirve y se le adivinan los deseos, que en ocasiones creería que algún genio invisible cuida de su casa. No bien hace por ella una breve excursión, ya está arreglado cuanto él desarregló al moverse, sin que se vea la mano que colocó la silla en su sitio, el gabán en el ropero ó el libro en el estante.
Cuando por la noche se retira á descansar, encuentra la luz en su cuarto, el vaso de agua sobre la mesa, y abierta y preparada la cama... Ni un motivo siquiera para romper la monotonía de aquel ordenado silencio con un campanillazo; silencio sólo alterado por la voz de la señora Braulia que, antes de cerrar él la puerta del gabinete, asoma por ella la cabeza para pedirle sus órdenes para el día siguiente y darle las buenas noches.
Por un lado no le desagrada el sistema; pero ¡tiene tanto de uniforme y de misterioso!... Parece que se le ceba, no que se le sirve.
Un hombre como él, que por no poder ir todavía á ninguna parte, vuelve á casa, las más de las noches, hastiado, rendido y de muy mal humor, recibiría como un consuelo media palabra discretamente afectuosa, y un par de sonrisas elocuentes al llegar á su cuarto... Pues no, señor: nadie á la puerta de la escalera, que, al abrirse, cubre á quien le alumbra; nadie en el pasadizo; nadie en el gabinete, y un poco después, menos que nadie, la señora Braulia con su jaculatoria de costumbre. Así es que se acuesta bufando, y sueña con la voz, y con la cara, y con las arrugas de su ama de gobierno.
Y arrancando de aquí el motivo, llega un día en que ésta le parece gazmoña, fisgona y antipática en esencia y presencia.
Entre tanto, apenas conoce el metal de voz de Solita, ni sabe qué color tiene á la luz artificial la única cara decente que hay en la casa.
Así pensando una noche, después de haber despachado con un bufido á la señora Braulia, exclama de repente:
—Y ¿por qué no ha de venir Solita? ¿No mando yo aquí? ¿No ha de tenerse en cuenta mi gusto para todo?
Y cediendo á los ímpetus de su carácter irreflexivo, sacude furioso el cordón de la campanilla, que repiquetea junto á la cocina con estrépito desusado.