—¿Llamaba el señorito?—dice al instante la voz de la señora Braulia, cuya silueta se dibuja confusamente en el angosto hueco de la entreabierta vidriera.

Con lo que Gedeón cae en la cuenta de que ha cometido una majadería; la cual trata de disculpar con otra mayor, mal zurcida y peor hablada.

Al quedarse solo otra vez, reniega de la vieja impertinente, y desea con ansia que llegue el nuevo día para que Solita le sirva el almuerzo: no porque el hambre le atormente ni Solita le preocupe, sino por contemplar otra cara que no sea la sempiterna de la señora Braulia...

Y precisamente ese almuerzo es el elegido por el ama de llaves para acompañar á «su señorito,» puesta de pie á respetable distancia de la mesa, con los brazos cruzados y la vista escudriñadora, tan pronto en los platos, tan pronto en Gedeón, tan pronto en Solita, y cumplir, en la siguiente forma, con lo que ella cree un deber de su cargo de inspectora de la casa, y fiel intérprete de los deseos de su amo:

—¿Le gusta esa salsa al señorito?... Se le puede rebajar un poco la cebolla... ¿Le parece mejor la merluza que el rodaballo?... Esta semana se le ha puesto tres veces lengua estofada, porque ¡hay tan poco en qué elegir!... El solomillo le parecerá á usted algo duro á la vista, pero está tierno como un requesón... Ya le tengo prevenido á la cocinera cómo ha de ponerlo para que se penetre bien... porque no se las puede dejar de la mano... ¡Nada se les ocurre!... ¿Quién le dirá á usted que unos casquitos de porcelana, echados á tiempo en la tartera, reblandecen la misma suela de un zapato?... Ese postre se quemó un poco por debajo, pero no tiene la culpa la cocinera; la tengo yo que le hice y no cargué bastante de manteca las paredes del molde... y puede dispensar el señorito por esta vez... Solita, mude usted ese plato...

Gedeón, que no solamente no se ve libre de la presencia de la abominada dueña, sino que la halla más pegajosa y más impertinente que nunca, cuando no responde con un gruñido á cada uno de estos períodos, da una orden ó hace una pregunta, ó lanza una blandísima mirada á Solita.

En el cual proceder hay para la señora Braulia dos motivos gravísimos de despecho: el desaire notorio que se le hace delante de una inferior jerárquica, y la confirmación de las sospechas que há tiempo la vienen inquietando.

No duda ya que hay en la casa quien priva más que ella con su amo, y que es la razón de la privanza algo físico que la señora Braulia no posee desde muchos años atrás; algo que no se adquiere esmerándose en el cumplimiento del cargo que se desempeña, sino con las gracias que da la naturaleza y roban los tiempos, como á ella se lo robaron para nunca más devolvérselo. Y á la edad de la enjuta ama de llaves se perdona hasta el martirio en cruz, y el tormento de la sed y del frío; pero no se perdona á otra mujer el crimen de que nos venza y nos derrote, y nos desautorice con armas como las de Solita.

Y no perdonar, en tales casos, es pensar en la venganza, si vengarse puede la ofendida, como puede vengarse la señora Braulia.

Es el jefe de la servidumbre de Gedeón, y puede y quiere hacer sentir á «la canalla» todo el peso de su autoridad irritada.