Desde aquel instante ya no vive para servir bien á su amo, sino para desahogar el despecho que la ciega.

Solita, que no ignora el motivo de las flamantes destemplanzas del ama de llaves, sufre las que le alcanzan á ella, hasta con delectación; pues tan grande como el tormento de la derrota en tales lides, es la satisfacción del vencimiento. Pero la aparente insensibilidad, ó el notorio desdén de la doncella, encienden más el fuego de la ira en el pecho de la señora Braulia, que á todo trance quiere víctimas; por lo cual entra con sus huracanes haciendo raccia en la cocina.

De este modo, aquella casa, antes tan tranquila y sosegada, no bien la abandona cada día Gedeón, es una perrera.

—¡Hoy no se han limpiado los polvos!...—¡Esta butaca no está en su sitio!...—Son las once, y falta media casa por arreglar; pero ¡ya se ve! levantándose á las ocho y tardando hora y media en emperijilar un moño postizo y cuatro pingos de moco... ¡Válgame Dios!... ¡Como si fuéramos unas señoras de copete y lo trajéramos desde las envolturas!... ¡Pero no tiene usted la culpa, sino quien alas presta á ciertas mariposas para que tan alto vuelen!... ¡Pues, anda! el gabán del señorito sin cepillar, y las camisolas empolvándose sobre la cama... Deles usted el pie, que ellas se tomarán la mano...—También por este otro lado van las cosas en su punto, gracias á Dios: media hora hace que me está dando la ternera en la nariz. ¿Por qué ha batido usted los huevos antes de que esté hervida la leche?... ¿No ve usted, alma de Lucifer, cómo se está pegando esta compota?... ¡Claro está! como no son ustedes quienes pagan todos estos pecados... ¡Pero desde mañana ha de cumplir en esta casa cada uno con su obligación, ó he de faltar yo á la mía!

Y así por el estilo, zumba y gime la voz de la señora Braulia en salas, pasillos y cocina, como cierzo regañón en casa mal cerrada, sin que le falten por acompañamiento y armonía las cáusticas respuestas de la doncella, ni los descargos irrespetuosos de la cocinera.

Con la cual música los ánimos se enconan de veras, las respectivas obligaciones se descuidan; y al cabo halla Gedeón un día requemada la sopa, cruda la carne, y los postres en salmuera.

Nada dice á Solita, que le sirve; pero llama á la señora Braulia, que no está presente la única vez que debiera estarlo.

—¡Señora—exclama con mal gesto y áspera voz al tenerla delante,—esto no se puede comer!

—Pues crea el señorito que no es culpa mía,—responde el ama de llaves, temblándole la barbilla puntiaguda, pálido el marchito rostro y mirando á Solita con ojos de basilisco.

—Ni yo trato de averiguarlo—replica Gedeón:—lo que me importa es señalar la falta para que la corrija quien debe corregirla.