—¡No es eso tan fácil como al señorito se le figura!

—¡Cómo que no! ¿No basta un poco de vigilancia?

—Ya esperaba yo que el señorito había de echar sobre mí todas las culpas; porque ¡ya se ve!... una no es onza de oro, al paso que otras, con menos méritos... ¡Virgen Santísima!

Y la señora Braulia, después de hacer unos cuantos pucheros, rompe á llorar como si el alma se le escapara por la boca.

Solita entonces, habiéndola contemplado un instante con la boca entreabierta y las cejas fruncidas, suelta los platos que tiene en la mano, llévase á los ojos la servilleta que, á modo de banda, tiene cruzada sobre el pecho, y sale del comedor como un cohete, lanzando el sollozo que pudiera oirse desde la calle.

Momentos después aparece en escena la cocinera con el mandil recogido sobre la cintura, los brazos descubiertos, encendido y reluciente el rostro, como solomillo á medio asar.

—El señorito me hará el favor de decir si en catorce años que llevo en la casa se me ha oído una queja, ni he dejado yo de cumplir con mi deber.

Gedeón está como paleto en comedia de magia, al ver aquellos aspavientos y aquellas apariciones y desapariciones.

—Pero ¿qué es esto?—exclama al fin.

—Que me haga usted el favor de dar la cuenta,—dice la cocinera, rompiendo también á llorar, y arrojando el mandil sobre una silla, como rey que depone su corona.