—Que aquí todas son señoras, y que todas mandan en la casa, menos el amo y yo,—añade la señora Braulia, dejando caer sus huesos sobre la silla inmediata, y llorando á más y mejor.
—Lo que pasa aquí—dice Solita entrando en escena, en ademán airado,—es que no se pueden aguantar los humos de esta señora; y como yo no he venido para servirla á ella, ni para que me quite la salud...
—¡Quéjese usted de mí, relamida! ¡casquivana!
—¿Lo oye usted, señorito? ¡Pues eso no es nada en comparación de lo que suele decirme cuando usted no está delante!
—¡Ni de lo que me dice á mí cada vez que entra en la cocina! ¡No se la puede aguantar!
—¡Mienten ustedes como quienes son, impostoras, mal nacidas!
—¡La mal nacida y la deslenguada será ella!
—¡Y la muy retevieja, desesperada y envidiosa!
—¡Silencio!—grita Gedeón asiendo una ensaladera, dispuesto á estrellarla sobre la más próxima de sus sirvientas.
Pero sólo después de haberse desahogado á sus anchas las tres mujeres, y estado á pique de tirarse de las greñas, y cuando ya el escándalo debe de haberse oído desde el ayuntamiento, logra Gedeón restablecer el silencio en su casa, y la promesa de que, por aquella vez, que es la primera, se olvidarán los mutuos agravios, y volverá cada mochuelo á su olivo, siquiera en obsequio á él, que no tiene otro destino en el mundo que estudiar la manera de pasar la vida sin contrariedades ni desazones.