—Sin contar—añade la señora, mirando muy de cerca el paisaje de su abanico,—seis alumbramientos desgraciados que tuvo una servidora de usted.
—Cierto es eso—repone su marido;—pero como dijo el otro, «con agua pasada no muele el molino; oveja muerta no hace rebaño.» ¿No es verdad, don Gedeón? Aquí se trata de los que somos, no de los que pudimos ser; pues sin eso y sin lo otro y sin lo de más allá, sabe Dios los que nos sentaríamos hoy á la mesa en nuestra casa de Cascaruca. ¿No es verdad, don Gedeón?
—Cierto es, en efecto,—responde éste mirando al uno y á la otra, como pidiendo á cualquiera de ellos la prometida razón de la visita, que aún no sospecha entre el fárrago de aquel prólogo estrafalario.
—Pero vamos al asunto—continúa el don Ruperto, volviendo á estirarse las manoplas;—y el asunto es, señor don Gedeón, que nosotros somos parientes, y que habiendo sabido mi señora y yo, por el colono de usted, que ha estado usted enfermo de alguna gravedad, por si otra vez ocurre, lo que Dios no quiera, hemos venido á ofrecerle nuestros cariñosos y desinteresados servicios, de los que puede usted disponer también en sana salud.
Algo como sospecha de mal género cruza por las mientes del visitado; pero resuelto como está á seguir hasta donde le sea posible el humor de aquellos originales, sonríese y contesta:
—¿Parientes míos dice usted?
—Sí, señor... y bastante cercanos.
—¿Por qué parte?
—Por los Gazapones.
—Ahora lo entiendo menos. ¿No me ha dicho usted que se llama Gazapín?