—Lo mismo digo, caballero,—responde Gedeón, dejándose estrechar la mano.
—Mi señora...—continúa el otro, señalando á la que le acompaña y mirando á Gedeón.
—Mi marido...—dice la señora haciendo una exagerada cortesía á Gedeón, y apuntando á su acompañante.
En otros tiempos Gedeón se hubiera dado á todos los demonios al verse figurar como actor en una escena semejante; pero ahora, y merced á la apatía en que le han hecho caer sus dolencias y sus pesadumbres, casi se riera de lo que tiene delante, si de reir no se hubiera olvidado en tantos años como ha pasado sin reirse.
Así es que con una calma y una serenidad de rostro que parecen reñidas con sus antecedentes, brinda á los visitantes con el sofá, y sentándose él en la butaca contigua, ruégales que le expongan la razón de su visita.
—Va usted á saberla—responde el caballero, estirando las manoplas y colocando el bastón entre las piernas.—Pues, señor, yo soy, para cuanto usted guste mandarme, Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y vecino de Cascaruca, pueblo á muy pocas leguas de esta ciudad, y en el cual tiene usted una hacienda morrocotuda.
—Muy señor mío...
—Para servir á usted... Soy hombre de algunos posibles, aunque no muchos, y allí casé con ésta mi señora...
—Beso á usted su mano,—vuelve á decir la aludida.
—Diónos el cielo un heredero—continúa su marido,—uno no más, don Gedeón; el cual, al ser muchacho, cursó latinidades con el párroco del pueblo (hombre docto, eso sí, y virtuoso también), con ánimo de que, ya mozo, se elevara á facultad mayor. No pudo ser esto por razones largas de exponer; y al cumplir los veinte años casó con una joven de su elección particular, aunque no de su linaje, ni, en verdad hablando, de nuestro gusto. Hoy vive también en Cascaruca con cinco de familia y al amparo nuestro y de un destino de secretario del Ayuntamiento, que pudimos obtener para él. Por lo demás, es mozo trabajador y honrado. Y dicho esto, hágase usted cuenta, mi señor Don Gedeón, de que conoce usted á toda la familia de mi casa.