—Que pasen adelante,—dice.
Y los anunciados pasan á la sala.
Dos son, como dijo Regla.
El caballero es hombre maduro, con buena ropa, pero mal hecha y peor colocada. Sus ademanes y su aire corresponden á la ropa. Luce en sus manos holgados guantes de color de ladrillo, y con una de ellas ase barnizado bastón por más abajo del puño, que es de oro, ó lo remeda.
La señora parece cortada por el mismo patrón que su acompañante, así en el modo de ser como en el de vestir.
Los dos personajes son á cual más risueño y expresivo.
—¿El señor don Gedeón?—pregunta desde la puerta de la sala el caballero descoyuntándose á cortesías, encarado ya con aquél.
—Servidor de ustedes,—responde Gedeón haciendo su poco de encorvadura en los riñones, por no permitirle más fuerzas de gimnasia sus miembros doloridos.
—Beso á usted su mano,—dice por su parte la señora, abanicándose el rostro y retorciéndose mucho.
—Pues yo tengo grande honor en conocer á usted y ofrecerle mis respetos,—añade el visitante, avanzando hasta Gedeón y tendiéndole la diestra.