Así y todo, Gedeón come, no cuando tiene ganas, sino cuando ya no las tiene su cocinero.
El cual cobra por mensualidades adelantadas, que es tanto como decir que ahoga toda reprensión en los labios de su amo con anunciarle que se marcha.
El ayuda de cámara no es tan borracho como el cocinero; pero, en cambio, tiene moza, y necesita dos horas cada noche para visitarla, por lo cual hay ocasiones en que se retira á casa más tarde que su amo; y se dan también en las cuales tiene éste que abrirle la puerta, porque el cocinero está roncando ya, ó no quiere levantarse; y gracias si en esos casos no aparece el criado envuelto en la capa ó en el gabán de Gedeón, pues para ambos sirven sus trajes y su calzado.
Lo que sólo sirve para el criado es el dinero que halla en los bolsillos del chaleco de su amo cuando le cepilla la ropa, y los cigarros sobrantes de la petaca olvidada en una levita ó encima de la mesa.
De vez en cuando, tienen mozo y cocinero sus francachelas mientras Gedeón anda soñando con las suyas fuera de casa; pues la verdad es que desde que tales contrariedades domésticas le persiguen, no tiene instante de sosiego ni punto de reposo, y todo lo aplaza para cuando se vea establecido á su gusto.
Entre tanto, si á media noche necesita una taza de te, se la llevan á las dos de la mañana, y el te le sabe á caldo frío, y la taza huele á basura.
Si de caldo la pide al mediodía, el caldo le sabe á aguardiente, y la cuchara á tabaco.
Toda su ropa está sin botones y con los forros descosidos; le faltan las mejores corbatas, y no sabe qué vientos le llevan los pañuelos de batista.
Si por joven despide al ayuda de cámara y toma hombre de más edad, éste tendrá de huraño ó de sucio ó de perezoso lo que el otro tenía de presumido ó de mocero, si es que no peca por esto y por aquello. Y lo que digo del criado digo del cocinero.
De todas maneras, llega un día en que Gedeón, después de haber perdido la paciencia, y con ella el paladar y el estómago y mucho más que no se gusta ni se digiere, pero que se pone ó se vende; después de ver su casa saqueada, y lo que en ella queda sucio, desconcertado y descolorido; después de convencerse de que los últimos criados que toma son los peores y los que más caros le salen, plántalos en la calle y lánzase él más tarde á la misma, dándose á todos los demonios y maldiciendo de la suerte que le hace elegir, en uno y otro sexo, lo más malo que existe en el ramo de sirvientes.