I

EL HOMBRE

Concédame el lector, si mal no le parece, que cuando un hombre ha visto, desde que empezó á serlo, satisfechas como por ensalmo las más comunes y perentorias necesidades de la vida, tiene mucho adelantado para ser egoísta. Lo cual no se opone á que también lo sea el que ha ganado el bien que disfruta, en guerra encarnizada con la suerte.

Querrá decir esto que los egoístas abundan, y que sus especies varían en cada ejemplar. Enhorabuena; pero conviene distinguir de casos para el objeto de estos apuntes.

El que es egoísta porque así le hizo el desdén de la fortuna; el que se consagra al propio regalo como en recompensa de pasadas fatigas, tiene en éstas la disculpa, y perenne deleite en la comparación del presente risueño con el ayer angustioso. De este modo, ni la imaginación le seduce, ni las vacilaciones le marean, ni el vicio le mata, como el vulgo dice de los indecisos que lloran soñados males por exceso de bienes. Lleva su rumbo bien trazado y camina con pie firme, sin el riesgo de tropezar en desengaños, por lo mismo que no se alumbra con ilusiones.

Otra cosa muy distinta es Gedeón, tipo en que se resumen todas las especies de egoístas que no debieran serlo, hasta por razones de egoísmo.

Á estos señores enderezo mi cuento; con vosotros hablo; con vosotros, los que afanados en evitarle desazones á la materia, huís de los más legítimos goces del espíritu; con vosotros los que, pródigos de la hacienda cuando se trata de regalar al cuerpo, sois avaros de ella si el alma os pide un óbolo para adquirir un regocijo; con vosotros, en fin, los que pasáis lo mejor de la vida renegando del matrimonio por molesto y caro, y el resto de ella lamentándoos de no haberos casado á tiempo.