Séame lícito traeros al banquillo y revolver un poco el saco de vuestras culpas; y aquí, donde nadie nos oye, cantaros al oído media docena de verdades; parte mínima de tantas perrerías como venís soltando á cada triquitraque contra la diabólica suegra, la fementida esposa, el crucificado marido, y hasta los mocosos rapazuelos.
Permitidme, pues, este inofensivo desahogo, y oidme la historia del bueno de Gedeón, que si no es la historia de cada uno de vosotros, andará á dos dedos de serlo, y á todos os vendrá como repique en pascua.
Gedeón siguió media carrera en la Universidad, ó no pasó del Instituto de segunda enseñanza, ó no tuvo otra que la que recibió, muy á la fuerza, de un dómine casero. Importa poco este detalle para el punto que se esclarece. Fué hijo único, ó tuvo hermanos: como el lector quiera. Lo cierto es que en su casa reinaba la abundancia, y que él, si no era niño mimado, pecaba con exceso de consentido.
Sabía que al despertarse, á la hora que más le cuadraba, le esperaba el desayuno calentito, al alcance de su mano; que los vestidos que le hacía el sastre, á su capricho, habían de ser pagados, no por él, á la presentación de la cuenta; que si el frío arreciaba, se elevaría convenientemente la temperatura de su gabinete; que si le cansaban las truchas, le darían perdices, y que si tosía más de tres veces, iría á buscarle entre las coberturas de su lecho la azucarada y humeante pócima; sabía, en fin, que dentro del hogar eran sus deseos antes satisfechos que manifestados.
En esta pendiente colocado, en breve llegó á estimar cosas y personas no más que en cuanto podían servir á sus deleites; y si no creyó al mundo hecho para su uso particular, juzgóse venido á él para merecer todas sus comodidades y ninguna de sus molestias... Si no os ofendiérais, célibes de mis entrañas, os diría que era Gedeón el más perfecto modelo de aquellos hombres á quienes llamaba Horacio cerdos de las piaras de Epicuro.
Que era sensual, no hay que decirlo, ni tampoco qué gusanillo le roía con más frecuencia la imaginación. Soñó con el amor perdurable de las mujeres (nótese que no digo de la mujer); y creyendo hacer de su corazón un nido al más puro y noble de los sentimientos, labró en su cabeza templo en que daba culto á los más torpes estímulos de la materia.
Que para alimentar este fuego elegía los combustibles más adecuados á su actividad, también se comprende sin afirmarlo; por lo cual excuso decir que, en punto á literatura, tomaba á pasto cuanto se ha escrito en el género desde la Celestina hasta Mi tío Tomás. Pero algo filósofo también, para contener la imaginación, que pudiera llevarle más allá de lo conveniente, acogíase al llamado eclecticismo de Balzac, y sabía de memoria la Physiologie du mariage, y las Petites misères de la vie conjugale.
Porque es de advertir que Gedeón, á las veces, creía posible realizar sus ilusiones dentro del matrimonio, tomándole, por supuesto, como una fase más de su sibaritismo; como refugio lícito, pero siempre sensual y voluptuoso, de su vida hastiada ya del amor libre. Pensaba en el matrimonio, considerándole sólo como un conjunto de todo lo bueno de él y de fuera de él; es decir, el incentivo constante de la concubina, y la adhesión fiel y desinteresada de la esposa que le tuviera en perpetuo arrullo, sin dudas ni remordimientos.
Como hombre de vehementes caprichos, sentíase arrastrado con violencia hacia ese punto desconocido; pero, egoísta impenitente, huía de él temiendo equivocarse; temor que le aterraba al considerar que en ese terreno, una vez dado el avance, es imposible la retirada.
En tales ocasiones era cuando acudía con más ansia á sus filósofos preferidos, que si no le convencían por completo, dejábanle, por lo menos, sumido en grandes dudas acerca de eso que se llama entre los solterones licenciosos y egoístas, prosa de la vida matrimonial.