En este perpetuo examen de lo conocido y lo desconocido; pasando con su imaginación á cada instante del uno al otro término, como cambia el enfermo de posturas para aliviar sus dolores, no del todo satisfecho de lo que palpaba, y dando un aspecto pavoroso á lo que desconocía, apuntáronle las canas, quizá más que por el peso de los años (aunque ya los contaba por pares de decenas) por la fuerza de sus cavilaciones.

Y en esto, aquel sér que en el mundo era su providencia, y á cuya sombra vivía él regalón y descuidado, desapareció de la haz de la tierra.


II

EL CASO

Momento solemne fué para Gedeón el en que, por primera vez, se vió solo en el recinto de su hogar; pues aunque en él quedaba siempre la abundancia, ¡era tan duro, tan molesto, tan prosáico eso de administrarla y de atender con ella á las mil necesidades ordinarias de la existencia!...

Por cierto que en aquellos mismos días hizo varias observaciones que no dejaron de asombrarle. Cada vez que se sentaba á la mesa experimentaba dentro de sí algo que no podía explicar bien su egoísmo; algo que pesaba sobre su alma y se la oprimía; y al contemplar vacío el puesto que antes ocupaba la persona en quien apenas se había fijado él por la misma frecuencia con que la veía, parecíale un páramo desierto, con sus fríos y hasta con el silencio pavoroso de las grandes soledades. Observaba que cuando no vivía solo en aquel mismo albergue, no reparó jamás en que, al tornar á él después de sus francachelas y regodeos, sentía un placer tranquilo y consolador; veía la faz del anciano envuelta en serena y misteriosa luz, y hasta el vulgar condumio, servido por tosca cocinera, le gustaba más que los refinados manjares de la fonda; venía á ser, en fin, el hogar doméstico, para él, cuando le buscaba después de las borrascas de sus pasiones, lo que el seguro puerto para la nave batida en el mar por los huracanes.