Al caer en la cuenta de estos fenómenos que había sentido sin fijarse en ellos, en vano trataba Gedeón de explicárselos por causas rigorosamente lógicas.

—«El paladar—pensaba,—se estraga con los mejores guisos, si se los dan muy á menudo; y el espíritu necesita también la variedad en los goces para no hastiarse de ellos. La modesta prosa de mi albergue es todo lo contrario de lo que yo saboreo fuera de él. Por eso, por el contraste, me gustaba el hogar doméstico y cuanto en él hallaba después de las tempestades de mi vida.»

Pero ¿por qué en su nueva situación no le sucedía eso mismo? ¿Por qué hallaba insípidos los manjares de su casa, y en lugar de dilatársele el pecho al atravesar los umbrales de su puerta, se le oprimía el corazón, y el desierto de la mesa se extendía á su gabinete, y notaba la falta de aquella persona hasta en los sitios donde jamás la viera? ¿Qué era y en qué consistía aquello? ¿Existía algo fuera de su sér, que, sin embargo, formaba parte de él; algo indispensable para expansión legítima de su alma? ¿Era acaso que los cuidados domésticos que á la sazón preocupaban al huérfano, le proporcionaban molestias que antes no conocía? ¿Serían estas molestias la causa de su desaliento en el hogar? Y, en este caso, ¿era la falta de un celoso proveedor lo que únicamente le apesadumbraba? Pero entonces, ¿por qué le echaba de menos aun donde nunca le necesitó? ¿Por qué antes le molestaban por impertinentes sus preguntas, aunque se encaminasen á satisfacerle un gusto más, y ahora diera parte de su vida por volver á oir una sola de ellas, aunque fuera para echarle en cara su egoísta ingratitud? ¿Sería cierto que en ese presidio llamado familia por los hombres vulgares, es donde únicamente se encuentra lo que no puede adquirirse con todo el poder de las riquezas, ni entre el vértigo de todos los placeres?

Así, ó por el estilo, le hacía discurrir la elocuencia de los hechos, como en respuesta á la explicación lógica que él se empeñaba en dar á su nuevo y raro modo de sentir; el cual hallazgo, dentro de la casa, le produjo, como dicho queda, no poco asombro, pues jamás se había permitido semejantes debilidades.

Pero tenía hondas raíces en su pecho el amor inconmensurable á la materia; y no pasó la crisis de obligarle á insistir con doble empeño, más bien por distraerse que por decidirse, en sus cavilaciones de costumbre; las cuales, como el lector sabe ya, se reducían á comparar estado con estado, y hacer con la imaginación voluptuosas exploraciones en el campo matrimonial, en su afán de conocerle, por si las circunstancias le llevaban un día á refugiarse en él.

Merece saberse, al pormenor, de qué especie eran esas exploraciones. Comenzaba Gedeón por hacer un recuento de sus haberes; y suponiendo que, aun echando corto, habían de darle, amén de mujer, doble por sencillo, multiplicaba su caudal por 3, y apuntaba el producto como capital de su pertenencia para sostener las cargas de su nuevo estado.

En seguida pensaba en el tipo de la mujer que debía elegir; punto siempre muy grave para él, porque unas por rubias y otras por morenas, unas por rosas y otras por capullos, todas le gustaban, supuesto que todas habían de tener el pie pequeño, el cuello torneado, los ojos lúbricos, el talle flexible... y, además, habían de amarle con delirio.

Sin estas condiciones arquitectónicas y hasta de temperatura, no había que pensar en que Gedeón se decidiera por ninguna; y con ellas, todas le convenían.

Vacilaba largo rato, con los ojos cerrados y la mente perdida en un cúmulo de hipótesis verosímiles, y concluía decidiéndose... por el grupo, por de pronto, y aplazando el cuál de ellas para en su día.

Tenía ya mujer y buena renta: faltábale el nido en que había de pasar la vida como una aurora sin nubes, como un suspiro de amor, sin término ni fatiga.