Por de pronto, entre disfrutar la luna de miel con su paloma bajo los aleros de un hotel fuera de la patria, ó á la sombra del tejado paterno, elegía un término medio que le satisfacía en todos conceptos: para esa ocasión tan solemne tendría él preparado el voluptuoso albergue conyugal.
Y ¿cómo sería ese albergue?
Aquí entraba el lápiz á resolver el problema, no sólo con cifras, sino con dibujos; y comenzaba Gedeón por trazar el plano geométrico de su futura morada. Pero le asaltaba al punto la batallona y compleja cuestión de Balzac: ¿dos gabinetes para los esposos; uno solo con dos camas, ó una cama sola y un solo gabinete?... Nuevas meditaciones, nuevas dudas, y al fin un punto más entre los varios que se quedaban sin resolver por el momento.
Entre tanto, aceptaba los dos gabinetes; pero ¿muy separados ó muy juntos? Lo primero tenía sus ventajas; mas había en contra de ellas ciertos reparos de estética y hasta de higiene y policía doméstica, por razón de distancia y horas intempestivas, muy atendibles... Á todas luces era preferible la contigüidad; y así se trazaban los gabinetes.
Después pensaba en la ornamentación, y calculaba el número de sillones, y la clase y el color de la tapicería; y si el lecho nupcial sería de bronce ó de madera; si las cortinas de éste ó del otro modo; si la luz por la derecha ó por la izquierda; si la alfombra de Persia ó de Cataluña; si en la antecámara pondría, durante la noche, opaco disco ó resplandeciente fanal; si es de más ilusión la media luz que la luz entera, ó si es preferible la obscuridad absoluta.
Después, el tocador de ella: sus mil objetos, untos y perfumes; y el vestíbulo y el estrado... ¡hasta la cocina! todo se apuntaba en minuciosa lista, á todo se le daba precio y para todo alcanzaban las rentas.
Por los pasadizos de aquel plano, realzado con el fuego de la imaginación del dibujante, veía éste pasar la esbelta figura de su mujer, y oía el crujir de la seda de la bata, y por debajo de los pliegues desmayados, distinguía la punta del diminuto pie calzado con artística, leve babucha, y aspiraba el aroma de los rizos cayendo sobre el lascivo cuello... y ¡qué sé yo cuántas cosas más!
Después pensaba en la servidumbre, y formaba el presupuesto de sus gastos domésticos, que nunca excedían á los ingresos.
Establecido ya, trataba de metodizar su vida: qué horas destinaría á los placeres dentro de su casa, y en qué forma; y cuáles para volver á ella, donde le esperarían los brazos de su hermosa compañera, que no podría vivir un instante separada de él; el almuerzo y la comida serían la comida y el almuerzo de dos tórtolas; y la sobremesa y el reposo, un incesante arrullo.
Si él enfermaba (en que enfermase ella no había que pensar) su médico sería el amor, y su medicina, mimos y agasajos... Por supuesto que su enfermedad no pasaría de cierta languidez interesante: nada de secreciones nasales ni otras hediondeces por el estilo...