Así un día, y otro y otro; y los meses y los años: ella cada vez más hermosa y enamorada, y él, que ya tenía canas al hacer este presupuesto, sin una sola arruga, ni un triste destacamento, ni un mal retortijón.
También vislumbraba, entre la penumbra de sus ensueños, algo como la rizada y blonda cabellera, los húmedos y rosados labios, los ojos serenos y el leve talle de una hermosa criatura; pero este sér siempre sonreía, jamás había llorado, ni estado en mantillas, ni alborotado la casa durante lo más acerbo de la dentición; ni su madre le había parido, ni el comadrón la había visitado...
Era, en suma, el cuadro que Gedeón se imaginaba, una primavera perpetua, sin lluvias ni ventiscas.
—¡Si esto fuera posible!—exclamaba, despidiendo centellas por los ojos.—Pero... ¿y la prosa?... ¿y mi libertad perdida?
III
LOS JUECES