En dos épocas de la vida sienten los hombres, con respecto al matrimonio, eso que los célibes recalcitrantes llaman malas tentaciones: la primera, cuando la imaginación, salida apenas del horizonte de la pubertad, lo ve todo de color de rosa. Entonces nos casaríamos todos los hombres si fuéramos dueños de nuestra voluntad y de algunos maravedíes. La segunda, después de trasmontar la cúspide de este sendero espinoso; cuando todavía nos atrevemos á dudar si vamos dando el primer paso del descenso, ó el último de la subida.

Por estas latitudes navegaba la edad de Gedeón cuando notó que le era insoportable la soledad de su casa, y con tanto empeño se entregaba á sus exploraciones por los desconocidos mares del matrimonio.

No diré que se insinuara en él con tanta fuerza como en otro mortal menos egoísta la inclinación al indisoluble vínculo; pero es indudable que el coincidir en ese mismo grado la natural tendencia, su, digámoslo así, punto de sazón, y el repentino cambio en un tan largo como inalterado método de vida, era más que suficiente motivo para obligarle, como le obligó al cabo, á hacer un esfuerzo de raciocinio.

Ni su edad ni sus circunstancias del momento, daban ya espera. Entonces ó nunca. Era preciso examinar con el microscopio de sus conveniencias hasta el último repliegue de sus adentros, para ver, en definitiva, qué había allí que temer ó que esperar. Como buen egoísta, no quería dejar para mañana ni el recelo de haber elegido lo peor por falta de reposado consejo.

Ya se ha visto que en el que á sí propio se pedía, llevaba preparada más de la mitad de su postrera resolución. Y digo que ya se ha visto, porque tomando el punto de vista donde él le tomaba siempre, el resultado no podía variar jamás. Desde aquel punto lo veía todo, todo... menos el matrimonio. ¿Cómo diablos había de llegar á conocerle? Y no conociéndole, ¿cómo había de estudiarle á fondo, según él deseaba?

Por eso no fué larga su meditación; mas como el resultado de ella no le satisfizo por completo, aunque le agradaba no poco, quiso encomendar el resto al dictamen de acreditados peritos en la materia. En desacuerdo con ellos, lícito le era apelar á otros pareceres; en perfecta concordancia, ya no cabían escrúpulos.

Veamos ahora quiénes eran los jueces que iban á entender en tan delicado litigio.

Cada generación que viene al mundo trae un poco de todo, como ustedes saben. De cien muchachos que van juntos á la escuela, hay siquiera diez que entran al mismo tiempo en la Universidad; otros diez que se dispersan por la tierra á correr las aventuras de la suerte; veinte que ahorcaron los libros para meterse, como Fray Gerundio, á predicadores, es decir, á todo aquello para lo cual no sirven; cincuenta que van dejando, uno tras otro, este pícaro destierro; y, finalmente, otros diez que se quedan, en la época crítica de decidirse, como estorninos atolondrados, mirando cómo se dispersa el resto de la banda. De estos diez era Gedeón, y de los mismos, otros tres contemporáneos suyos, ociosos como él, egoístas como él y solterones aún más que él, pues todos le excedían en edad, y particularmente en aversión al matrimonio.

Como contemporáneos, como egoístas y como solterones, los cuatro eran amigos... Entendámonos: paseaban juntos, murmuraban juntos, y juntos estaban siempre en rebelión contra la sociedad entera. Por lo demás, ninguno de ellos hiciera por la vida de los restantes el sacrificio de un cuarto de hora de su reposo. Paseando en ala, como acostumbraban, no se toleraban mutuamente el casual pisotón, ni el choque un tanto violento. Por todo gruñían y á cada instante alborotaban el paseo. Ninguno de los cuatro sabía el modo de vivir de los otros tres; lo único que no ignoraban todos era el pie de que cojeaba cada uno de los demás, porque esto aun en la calle se veía: era el carácter.

Uno era avaro; y el matiz más sobresaliente de los muchos que tenía su odio el matrimonio, se compartía entre lo caro que costaba y el riesgo de llegar á tener herederos forzosos.