Acaso hubiera aceptado la esposa como sirvienta fiel y desinteresada en todo género de faenas; pero la quería joven y de buena estampa, con lo cual no estaba garantido contra el riesgo que temía. De las aseguradas de él por edad, no había que hablarle. De todas maneras, no podía avenirse con el derecho de la mujer á la mitad de los bienes gananciales. El caudal era suyo, y lo suyo lo quería para hacer de ello lo que le diera la gana.

Otro era pulcro, reglamentado y económico. No toleraba en su habitación un mueble fuera de su sitio, ni una hilacha en el suelo, ni una mancha en su vestido; la ventilación era su tema y el cepillo su manía. Apuraba la ropa hasta desecharla por transparente, pero jamás por sucia. Se sentaba ocupando la menor cantidad posible de silla; y para escribir, así sentado, aún encogía las piernas y los dedos de la mano; metía los renglones de su piojosa letra hasta amontonarlos, y todavía cercenaba media pata á cada m y los puntos á las ii. Comía, paseaba y dormía á horas inalterables é inalteradas. No concebía de otro modo la existencia; y como, en su concepto, el matrimonio era el desorden, el despilfarro, el desaseo y una caverna de aires impuros, detestaba el matrimonio con un rencor inconcebible en su aspecto acicalado y hasta risueño... Verdad es que su sonrisa no lo era; más bien lo parecía por la especial disposición de su boca, muy semejante á la de las culebras.

El tercero era celoso, como una bestia en sus períodos álgidos; y porque la humanidad no le mimaba como él creía necesitarlo para sus regodeos brutales, detestaba á la humanidad entera. Bajo siete cerrojos y amarrada á una estaca, y él á su lado con otra en la mano, sospechara de la fidelidad de su mujer, si capaz hubiera sido de atreverse á elegir una, ó el cielo se lo hubiera permitido.

Ya se deja comprender que estas cualidades enumeradas eran el sello distintivo de sus respectivos poseedores, pero nada más: en el fondo del carácter los tres parecían formados en un mismo troquel. Cada uno de ellos creía odiar al matrimonio por distinto lado; pero estas fases de sus odios no pasaban de ser otras tantas manías, ó productos diversos y raquíticos de un mismo suelo árido y estéril.

Los tres carecían de familia ó habían prescindido de ella; los tres ignoraban lo que era el trabajo y la ocupación seria; los tres eran ricos, y cada uno de ellos vivía solo; quién como huésped, quién en casa propia.

No era Gedeón, seguramente, el peor de los cuatro; pues, á lo menos, sentía ciertos deseos, aunque mal entendidos, de explorar otras regiones para variar de clima, señal de que el insano en que habitaba no le satisfacía; era en sus vicios algún tanto artista, y bastante pródigo de su caudal. Con otra educación, acaso hubiera sido hombre de provecho. Los resabios de sus amigos procedían de la madera misma, que se torcía, como se tuerce el roble, porque es roble, aun con la polilla de los tiempos.

Tales eran los jueces á cuyos dictámenes y consejos sometió Gedeón el atisbo de escrúpulo que le quedó, de resultas de sus cavilaciones matrimoniales al entregarse por última vez á ellas.

Olvidábaseme decir que en el pueblo se llamaba á estos cuatro solterones Anás, Caifás, Herodes y Pilatos, aplicándose los nombres al avaro, al celoso, al pulcro y á Gedeón, respectivamente, y no sé por qué.