IV
EL JUICIO
Sereno era, y hasta chancero y zumbón; pero no sin tartamudear más de tres veces, ni sin hacer por cada palabra una salvedad, llegó Gedeón á exponer su tesis al asombrado y adusto tribunal. Verdad es que no pueden escribirse ni pintarse los carraspeos, las interjecciones y los gestos con que, á manera de ortografía, iban los jueces puntualizando los períodos del exponente. Ya no eran caras; era vinagre y rescoldo aquello que le miraba cuando acabó de hablar en éstos ó semejantes términos:
—Tal es el caso, caballeros; y para ponerle á su verdadera luz, acudo á vuestro autorizadísimo dictamen. Necesito que hablemos una vez en serio de eso que se llama matrimonio, con el piadoso fin de ver hasta qué punto le es lícito á un hombre... como nosotros, el pensamiento de casarse. Suponed, pues, ilustres jurados, que habiendo hallado una mujer rica, hermosa, con todas las seducciones imaginables, y educada á mi gusto, me caso mañana con ella...
Aquí fué la explosión de asco, de ira y de horror, todo junto; aquí fué el ponerse aquellas caras como dicen que se pone la del demonio cuando la rocían con una hisopada de agua bendita.
—Supongamos—recalcó el exponente, después de abrir un paréntesis de silencio para que pasara lo más recio de la tempestad;—supongamos, repito, que aprovechando todas esas ventajas, me caso mañana yo: ¿qué me sucederá?
—¡Tu ruína!
—¡Tu muerte!