—¡Tu ignominia!
—Eso no es responder—dijo Gedeón, replicando de una sola vez á las tres feroces respuestas de sus amigos.—Quiero detalles; quiero que discurramos un poco sobre esa prosa y esas cadenas matrimoniales; sobre todo ese conjunto de miserias que, según fama, son inherentes á la vida conyugal. Y esto entendido, vuelvo á preguntaros: ¿qué me sucederá si me caso?
—¿Y qué demonios quieres que te respondamos á una pregunta tan vaga y tan compleja?—contestó el pulcro, rasgando mucho la boca para enseñar todos los dientes.
—Lo que sepáis.
—¡Lo que sepamos! ¿Pues no lo sabes tú como nosotros? ¿No lo sabe todo el mundo de corrido? ¿Hay tema que haya sido más resobado ni más discutido? Pero aunque lo ignorases, ¿cómo narrarte en tan breve tiempo lo que no cabe en libros ni en la memoria humana?
—Si te concretaras á un punto determinado...—añadió el celoso.
—Concretaos vosotros; dividid, por ejemplo, en períodos la epopeya, é id diciéndome, no todo lo que hay, sino lo que más abunda en cada uno de ellos: yo deduciré el resto.
—Y vendremos á repetir lo que, en fuerza de haberse repetido tanto, pasa en el mundo por catálogo de vulgaridades.
—Pues ese catálogo es, precisamente, lo que yo vengo buscando. Diréisme que en la memoria debo tenerle; pero recordad los expuestos motivos de mi consulta, y comprenderéis por qué necesito que ese resumen pintoresco de vulgaridades aceptadas como razones serias contra
«esa grotesca fusión