que se llama matrimonio,»
sea hecho por vosotros y no por mí; por qué, no debiendo fiarme de la memoria ni de la luz con que habría de guiarla para buscar los hechos vitandos, es indispensable que me los expongáis vosotros, en forma, como quien dice, de ramillete, para que pueda yo olerlos todos de un solo aliento y probar en la intensidad de su veneno el vigor de mi naturaleza y los bríos de mi necesidad. Y con el laudable fin de evitar divagaciones metafísicas y retorceduras de conceptos, vuelvo á presentaros en crudo mi pregunta, que ya lleva marcado el prosáico son de la respuesta: «¿Qué me sucederá si me caso mañana?»
—¡Y dale con el tema! ¿Quieres, con mil demonios, saber lo que te sucederá, por ejemplo, en los primeros días?—dijo echando chispas el acicalado que, según parece, llevaba la voz cantante en aquel estrafalario desconcierto.
—Muchos cantos va á tener la epopeya, á lo que veo,—exclamó sonriendo Gedeón.
—¿Por qué lo dices?
—Por la pequeñez de las partes en que la divides, si he de juzgar por la muestra de «los primeros días.»
—Pues esos días son un período completo, y aun colmado... Los demás ya serán más largos, para desgracia del marido.
—Vaya, pues, por «los primeros días,» y sepamos, por fin, qué me sucederá en ellos.
—Nada que no sea envidiable: sorpresas encantadoras, dulzuras, mimos, arrebatos sublimes... ¡lo más voluptuoso y embriagador que puedas imaginarte!
—Y ¿cuánto dura?—preguntó Gedeón relamiéndose.