—Mil gracias, señorito... Pues verá usted. Desde que entré en su casa, venía martirizándome con palabras de muy mal sentido, cada vez que yo salía del gabinete, de servirle á usted.
—¡Y no me ha dicho usted nada!
—¿Para qué?
—Para que yo estrangulara á esa tarasca.
—Pero hoy y como no quise servir á los de la sala, porque al ponerles la mesa me dijeron muchas groserías, tomó pie de aquí en cuanto usted se fué á la calle; y sobre si no me gustaba servir á otro huésped que al del gabinete, y si usted y yo nos entendíamos, y sobre si esto era inmoral y escandaloso, y sobre no sé qué perrerías más por el estilo, díjome tales cosas, que me obligaron á cantarla cuatro verdades al oído y á despedirme en seguida.
—¡Bien, Solita! ¡Eso es tener dignidad y carácter! Lo que siento yo es no haber estado cerca para remachar el clavo encima de su cabeza... Pero vamos á ver: ¿adónde va usted ahora?
Aquí Solita baja los ojos, recoge una punta de su delantal con la mano libre, y responde con voz lenta y no muy firme:
—Por de pronto... á casa de una amiga.
—¿Y después?
—Después... adonde me quieran.