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Una hora más tarde vuelve Gedeón á su posada, de la cual falta ya el único atractivo que para él tenía. ¡Considérese con qué ojos mirará ahora aquella guarida en que la necesidad le metió!

Cuando entra en su gabinete, reina el silencio en la sala, aunque algún débil rayo de luz y tal cual carraspeo le indican muy pronto que hay gente en ella. La curiosidad le mueve á separar un poco una cortinilla de las vidrieras y á mirar lo que hay al otro lado. Alrededor de la mesa en que han comido, ve á los dos huéspedes y á sus amigos, con las cabezas en grupo y los cuerpos descoyuntados sobre las sillas. La luz está en medio de todos, y debajo de ella algo que Gedeón no puede ver; pero muy pronto llegan á su oído varias palabras, como juego, cargo, me retiro, entrés, etc., etc.

—Vamos—piensa Gedeón,—lo que faltaba.

Mas apenas lo ha pensado, cuando el grupo se deshace y se arma en la sala un vocerío tremendo; y sobre si muerto ó si vivo; sobre si el salto ó si el quiebro, en un instante suenan diez bofetones, tres botellazos y cincuenta blasfemias.

Acude doña Ambrosia, llega Malambruno y viene el ingeniero en calzoncillos ¡que ya tiene que ver!; y mientras encarnizan más el combate queriendo apaciguarle, Gedeón recoge sus dispersos vestidos, empaqueta sus cachivaches, y sale después en busca de dos mozos de cordel.

Cuando vuelve con ellos, déjalos á la puerta de la escalera; y notando que la tormenta ya no ruge, llama á doña Ambrosia.

—¡Señora!—le dice.—¡Ésta es la casa de Tócame-Roque!

—¡Más honrada y más decente que la que merece el muy descortés!—respóndele la pupilera, trémula de ira y con los ojos inyectados de sangre.

—¡Esto es un burdel!—añade Gedeón, mirándola con una seriedad y una firmeza que la desesperan más.