—Aquí.
Mas apenas ha metido Gedeón las narices dentro, dan sus ojos con un hombre en calzoncillos, esparrancado, en chancletas, y como haciendo equilibrios delante de un espejillo colgado en la pared, y detrás de una bujía colocada entre uno y otro.
—Perdón,—exclama el hombre gordo, mientras el de adentro se vuelve á mirarle, navaja de afeitar en mano, y con media cara rapada y la otra media cubierta de jabón.
Treinta pasos más adelante, vuelve á decir el que guía, abriendo otra puerta:
—Aquí es.
Y cuando los que van detrás se disponen á seguirle, una mujer en enaguas lanza un grito, y abalanzándose á la puerta, ciérrala con ira, mientras la voz de un hombre suelta una blasfemia en francés desde el fondo de aquel misterio inexplorado.
Á vueltas de otras tres equivocaciones por el estilo, el hombre gordo, ya sulfurado, pónese á gritar desde el centro de una encrucijada á que han llegado los cuatro:
—¡M’siu Cotelet!... ¡M’siu Cotelet!
—¡Boum!—le contesta una voz desde allá lejos, muy lejos.
—¿Quiere usted decirme, con mil demonios, qué número es el que está desocupado?