Con tales desventajas encima, ¿qué puede prometerse el mal aconsejado solterón si se echa á herborizar en el campo en que le suponemos colocado?
Le rechazarán las solteras, porque no es negocio ni buen modelo para marido, aun cuando él se prestara á serlo; y las demás, suponiendo que existan (yo siempre lo niego), pensarán, y muy cuerdamente, que ya que el diablo las lleve, que las lleve en coche.
Tentará á probar fortuna, eso sí, que para eso fué allá, y además es terco; y no se dirigirá á la más fea ni á la menos joven, que para eso es solterón y frisa en viejo; y se meterá en floreos de lenguaje y en retóricas trasnochadas; y preguntará por la gavota y el baile inglés, y por la música del Tancredo, cuando hace setenta años que ni aquéllos se bailan ni ésta se canta; y por sandio que sea, caerá en la cuenta de que cuanto más sublime se hace, se pone más en ridículo.
Y recordará entonces que en las capas inferiores, como ahora se dice, de la sociedad, entre modistillas y gentes de medio pelo, está él como el pez en el agua; recuerdo que, enfrente de las dificultades que traban su lengua y turban sus ideas, le excitará el deseo de vencerlas, y tal vez sus manos se atrevan á cometer demasías de tacto, ó su lengua se desborde, ó sus piernas desmazaladas, y á la sazón revueltas entre vecinas faldas de sedas y crespones, hagan una barbaridad que escandalice al concurso.
De todas maneras, Gedeón perderá el tiempo; porque aun concediéndole algún fruto en sus exploraciones, bien apreciado no valdrá la violencia en que le pondrían los medios para alcanzarle. Violencia digo, porque sin ella no puede él vivir en un terreno tan extraño á sus hábitos é inclinaciones.
Y si le frecuentara más para hacerle placentero, acabaría por salir de él marido de la mujer más pobre y fea; y no convertido, sino domado como una bestia; en el cual caso sería una variedad vulgarísima entre los célibes remolones, y no un perfecto modelo de la especie solterona impenitente, como el lector y yo hemos convenido en que sea Gedeón.
En substancia, este capítulo es pura y simplemente una respuesta anticipada al candoroso lector que, olvidado de la naturaleza especial de nuestro personaje, me salga al encuentro con esta observación, que, en su concepto, lo resolvería todo, y hasta me excusara el trabajo de escribir lo que me falta de este libro.
—Pues, hombre, si Gedeón se aburre, ¿por qué no se divierte como yo?