¡Cómo le consuela todo esto! Pero en seguida se le ponen delante sus tres camaradas y consejeros, furibundas las miradas y mostrando en sus espumantes bocas víboras por lenguas; ante el cual aspecto, repulsivo é infernal, la visión consoladora desaparece, quedando en su lugar un hombre de blanco mandil, que le pide por cada gota de agua una moneda.
Después no sueña nada; se queda como un tronco. Al despertar por la mañana, se encuentra sin fiebre, pero muy abatido y con horror á la soledad.
No se cansa en reñir al mozo que le sirve, cuando, cerca del mediodía, entra en su cuarto: perdería el tiempo y las palabras; pero le suplica que mande venir un médico.
Á todo trance quiere comunicar con alguno; y no teniendo amigos ni parientes, ha calculado que nadie como un hombre de aquella profesión puede ayudarle á pelear contra el enemigo que le asedia.
Hará que le visite á cada hora, si tanto se necesita; le costará el auxilio caro, pero tendrá, á lo menos, quien le ayude á morirse en toda regla, si decretada está su muerte, ó le tienda una mano para salir del lecho.
XI
LO QUE LE DUELE Á GEDEÓN, Y POR QUÉ LE DUELE