Al cabo de dos horas se presenta el médico. Se ha necesitado una para que el camarero, después de olvidar el encargo, le recuerde, y cerca de otra para decidirse á llevarle á su destino.
Es el Doctor hombre de medio siglo, de rostro sereno y de mirada firme, pero sin dureza; pulcro en el vestir y culto en sus maneras.
Gedeón, en cuanto le tiene al lado, le hace una pintura de sus recientes dolores.
El Doctor le mira, como si sus ojos leyeran mucho más adentro de la fisonomía; le toma el pulso, sin dejar de mirarle, y no dice una palabra.
El enfermo, tras una corta pausa, continúa enumerando detalles y acumulando fenómenos, sin ocultar lo que soñó por la noche.
El médico palpa, observa y no despliega sus labios.
El paciente cierra los suyos, mira á los ojos del médico, y parece pedirle su dictamen.
—¿Quiere usted darme algunos antecedentes?—dice al cabo el Doctor, dejando de palpar, pero no de mirar á Gedeón, como si le pareciera poco la enfermedad explicada para causa de tanto y tan visible decaimiento.
Gedeón, que siempre tuvo una salud de bronce, no halla medio de satisfacer la pregunta del Doctor.