—No se fije usted solamente en los dolores del cuerpo—añade éste al notar la perplejidad del enfermo;—examine usted también las vicisitudes del espíritu; pues con frecuencia es éste la causa mediata de muchas dolencias de aquél.
Gedeón narra sus últimas desazones, aunque achacándolas á las prosáicas contrariedades que el lector conoce.
—Un poco más atrás...—replica el médico, como si hubiera dado con el rastro de lo que busca.
Gedeón retrocede con su relato hasta la catástrofe de la señora Braulia.
—¡Más atrás todavía!—insiste el Doctor, animando al enfermo con expresiva mímica.
Gedeón se atreve á contar hasta por qué se decidió á establecerse como mozo de casa abierta; apunta algunas consideraciones sobre su aversión al matrimonio; algo también sobre los consejos que le dieron, y no poco sobre el carácter de los consejeros; y así, apuntando el uno y excitándole el otro á revolver más los fondos de la historia, llega el Doctor á conocerla casi tan al pormenor como nosotros, siendo de notar que Gedeón la desenvuelve con tanta complacencia, como si fuera lienzo ceñido á sus carnes, y buscara quien estirase las arrugas que se las desuellan.
Cuando concluye, le dice el Doctor, con rostro afable:
—Lo que usted me ha referido no es otra cosa que la confirmación de una sospecha que adquirí desde que comparé su estado actual con las, según usted creía, causas inmediatas de él.
—¿Luego no son esas las que?...
—El mal que, en apariencia, le ha postrado á usted en el lecho, se cura con dos cuartos de ungüento; pero no le diría á usted la verdad el médico que le dijera que estaba usted curado porque ya no le dolía la rodilla.