—¿Cree usted que podrá repetirse el dolor, según eso?
—Creo que no es ese el mal que usted padece.
—¿Otro más grave, acaso?
—¿Me autoriza usted para decirle todo mi leal sentir?
—No sólo le autorizo á usted, Doctor; se lo ruego.
—Pues haciendo uso de esa licencia, empiezo por decir que le ha hecho usted muy malo de su vida.
—¿Por qué?
—Porque ha mirado usted del revés todas sus conveniencias.
—¡Vea usted: yo creía todo lo contrario!
—No me sorprende. Viéndose usted joven, robusto, mimado y consentido, dejóse arrastrar de los estímulos de todas esas aparentes ventajas, sin tener en cuenta que son muy efímeras, ni, lo que más importa, aunque el corazón debió advertírselo, que el hombre necesita, en cada edad, hacer (si es lícita la metáfora) sus provisiones para la inmediata; porque sabido es que en lo moral, y á las veces en lo físico, lo que en las unas nutre, en las otras envenena.