—¡Yo!
—Me ha confesado usted hace poco que la soledad le mata.
—Es verdad.
—Luego no me equivoco.
—Pero eso le sucede á cualquiera.
—Lo niego: de esa clase de soledades únicamente se quejan los que han vivido divorciados de todo afecto generoso; los que han hollado en la juventud las leyes de Dios y las de la naturaleza; los que han llegado á las puertas de la vejez sin un abrigo para el corazón, sin un consuelo para el alma.
—Hombre, en eso de consuelos, cada uno puede tenerlos á su manera.
—No el alma, que los tiene bien determinados; el alma, como de origen divino, no puede satisfacerse con los goces brutales de la materia. Su destino en el mundo es mucho más elevado.
—¿Cuál es, según usted, ese destino sublime?
—El amor.