—Entonces estamos de acuerdo.

—El amor, sí; pero no ese amor carnal que sólo dura lo que la pasión grosera que le enciende; el amor del padre al hijo, del hijo al padre, del hermano al hermano, del hombre á su prójimo; el amor que infunde en una criatura el heroísmo de arrojarse al fuego por sacar de él á su enemigo; el placer inefable de aliviar los dolores que padece otro sér; el ansia de ser útil á sus semejantes... Este es el amor sublime; éste es el amor del alma, si el alma ha de ser digna de Dios.

—Y ¿cuál es, en opinión de usted también, la fuente en que se bebe ese néctar?

—La familia.

—Y ¿por qué no ha de beberse fuera de ella?

—Fuera de ella puede también sentirse ese amor; sólo que quien así le sienta, no odiará, como usted, el matrimonio, base y fundamento de la familia.

—Y ¿por qué odiando el matrimonio no he de poder yo amar de esa manera?

—¿Por qué no brotan flores en el Sahara?

—Porque es un desierto.

—¿Y cree usted que es otra cosa el corazón de un egoísta? ¿Cómo ha de ser capaz de partir su capa con el pobre quien renuncia á los hijos por el temor de que le turben el sueño con sus juegos? ¿Qué ha de ser el corazón que sólo palpita al impulso de los groseros deleites, más que una víscera, como el de una bestia?... y digo mucho, porque las bestias tienen el instinto de asociarse y de amar á sus semejantes, cumpliendo de este modo la ley que Dios les impuso; ley contra la que nada ni nadie se rebela en la tierra, más que el hombre egoísta.