—¡Ja, ja, ja!... ¡qué Doctor éste!

—¿Se ríe usted?

—¿Pues no he de reirme?

—¿Por qué no se reía usted anoche?

—Hombre... porque estaba enfermo.

—Y ¿por qué lo estaba usted?

—¡Toma!... Porque... porque no estaba sano.

—Eso es responder de mala fe: usted me ha confesado que lo que más le dolía entonces era... el desamparo.

—Llámelo usted hache.

—Precisamente hay que llamarlo equis, porque es la incógnita de este problema.