—Pues concedido que lo sea. ¿No podía yo estar acompañado y asistido... hasta con amor, y sin embargo?...

—Y sin embargo, pensar usted como piensa, y ser usted lo que es. ¿No es esto lo que usted quería decir?

—Cabalmente.

—Y ¿á título de qué, señor mío, había de gozar usted ese privilegio? ¿Quién le ha dicho á usted que el amor del prójimo se enciende como una pajuela cuando necesitamos su luz, y se apaga cuando nos estorba? ¿Qué da usted al prójimo en cambio de eso que le pide?... Ó ¿cree usted que el mundo es un mueble de lujo para recreo de cuatro solterones aburridos, ó de otros tantos egoístas desalmados?

—Está usted cruel conmigo, Doctor.

—Como lo estoy siempre que trato de salvar una vida extirpando el cáncer que la compromete. Cumplo con mi deber.

—Es verdad.

—Y no dude usted que le hablo con ella en los labios.

—No lo dudo, y hasta agradezco la intención. Pero pongámonos en todos los casos. Suponga usted que esas teorías me parecen muy saludables, y que las aplaudo; pero suponga usted también que mi corazón se resiste á aceptarlas. ¿Cómo he de adoptar yo un partido que, sin poder remediarlo, me repugna?

—El corazón se educa como la inteligencia, señor mío; y la prueba es que el corazón de usted está dando hoy el fruto de la educación que recibió ayer.