—Árbol, como dicen los moralistas, que se torció de joven.
—Cabalmente.
—Luego debo renunciar á enderezarle, hoy que es ya viejo.
—Esa segunda parte es la que no se ajusta rigurosamente al caso actual.
—¿Por qué?
—Hay en la enfermedad que usted padece, un síntoma del cual huye usted tomándole por enemigo de su reposo. Pues precisamente ese síntoma es el que á mí me revela que el árbol, aunque robusto, puede enderezarse todavía. Aludo á esa ansia de algo que usted busca y no halla, desde que se vió solo en el hogar doméstico.
—Y ¿qué viene á ser ese síntoma?
—El grito de la naturaleza que reclama sus derechos; el ¡ay! de un alma solitaria.
—Y ¿cómo he de responder yo á esos gritos y á esos ayes?
—Dándole al alma su natural refugio.