—¿Dónde existe ese refugio? ¿Cómo se llama?
—Existe en todas partes; se llama familia.
—¡Familia! Olvida usted que no la tengo.
—Sé que no trató usted de adquirirla cuando perdió la que tenía; y á esa falta de previsión aludí al principio.
—Pues, amigo Doctor, ya es tarde para reparar esa falta.
—Yo insisto en que aún es tiempo.
—¿Y así, de repente, como quien cambia de vestido, quiere usted que cambie yo de sistema, ó de estado?
—De ningún modo. Quiero que, ya que hasta hoy ha venido usted envenenándose el alma con quimeras de la imaginación, empiece usted á tomar el antídoto, estimulando un poco el sentimiento, ó lo que es lo mismo, dejándose llevar de esa ansia que le persigue, hasta donde esa ansia le lleve. El punto de parada será el puerto de salvación.
Dicho esto, cállase el médico y Gedeón no replica, y quédanse los dos mirándose mutuamente; pero la mirada del Doctor es la que ataca, por decirlo así; la del enfermo la que se defiende, y no con mucho valor.