—¿Con qué experiencia?
—¿Le parece á usted poca la de mi profesión? Todas las de mis enfermos son otras tantas familias con quienes comparto sus penas y sus alegrías. ¡Y si viera usted cuánto se aprende en esos libros tan viejos como el mundo!
—No lo dudo; pero mientras en su lectura no se interese el corazón...
—¿Luego cree usted que el mío no se interesa en ella? ¿Luego es usted de los que piensan que la condición de médico excluye toda sensibilidad moral?
—No tanto como eso; pero creo que la costumbre de ver padecer á otros, embota, hasta cierto punto, esa sensibilidad.
—La costumbre, amigo mío, enseña á sufrir, pero no á matar el sentimiento; la costumbre enseña á cortar un miembro sin que la mano vacile, pero no á que el corazón deje de sentir el ¡ay! que el dolor arranca al amputado; la costumbre enseña á penetrar en el hogar ajeno, donde todo es lágrimas y desconsuelo, sin que las nuestras broten de los párpados, pero no evita que el alma se anegue en ellas... Créame usted, no hay nada más terrible que la situación de un médico á la cabecera de un moribundo. Á los ojos de la madre, de la esposa, de los hijos, asomadas sus almas, y esas almas mirando á nuestros ojos para leer en ellos un consuelo y pedir á nuestra ciencia una esperanza; y, entre tanto, nuestra ciencia no sabe calmar uno solo de los dolores que van matando poco á poco al desgraciado, que acaso es nuestro mejor amigo ó nuestro hermano.
—¡Menguada ciencia, por cierto!
—La ciencia no puede borrar lo que está escrito. Allí donde Dios pone su mano; allí donde el Hacedor dice: «esta vida se acaba,» es inútil el esfuerzo del hombre.
—Luego es inútil la ciencia.
—La ciencia sirve para hacer de un cuerpo inválido un cuerpo vigoroso. Éstos son nuestros grandes consuelos, aunque no alcanzan á compensar las otras amarguras. Pues bien: el que tiene saturada de ellas el alma; el que á combatir sus causas se consagra, sin hora cierta para el reposo ni el sosiego, ¿cómo ha de gozar las dulzuras de la familia propia? ¿No la expondría á cada instante, si la tuviera, al contagio de sus melancolías? Por eso no la tengo yo, amigo mío; es decir, por amarla, por venerarla demasiado; por eso se la recomiendo á usted, que es libre, para hacerla feliz y serlo, á la vez, con ella.