—Pero repare usted, Doctor, que la pintura que usted me ha hecho del interior, llamémoslo así, de una familia, no tiene gran atractivo que digamos.

—¿Y piensa usted que por huir de la familia ha de verse libre de dolores ni de la muerte?

—No; pero entre sentir los míos solos, y cargar con la molestia de los ajenos, hay alguna diferencia.

—No tan grande, seguramente, como la que hay entre verse usted como se ha visto anoche, aun sin grave dolencia, y asistido y consolado como, según usted mismo me ha dicho, se creyó, por un instante, en su delirio.

—Delirio al cabo, Doctor.

—Delirio que yo veo todos los días convertido en realidad.

—¿En dónde?

—Á la cabecera de mis enfermos; allí, por cada vez que hallo el vacío y el desamparo, como los he hallado en este cuarto, hallo mil todas las virtudes de que es susceptible el corazón humano, formado á tiempo por el santo calor de la familia cristiana, á cuyo abrigo tuvimos usted y yo la dicha de nacer; allí, entre la prosa, como ustedes dicen, de los jaropes y de los ayes, es donde yo veo el amor desinteresado, la abnegación y el heroísmo, lucir como las estrellas en el cielo, brotar como las flores en la primavera. Allí, en presencia de aquellos modelos, es como debieran escribirse las fisiologías del matrimonio; no á las puertas del gran mundo, ni en los bailes de la Ópera, ni en las carreras de Long-champs; en esos libros debieran buscar los hombres como usted la resolución de sus dudas, y no en las páginas de los libelos, ni en el dictamen de tres egoístas de la peor especie.

—¿Conoce usted á Balzac, Doctor?

—Conozco á Balzac y á cuantos han llevado su contingente de burlas á ese cúmulo de dislates sobre la familia, que le han extraviado á usted el criterio.