—Esperaba ese reparo; y para contestar á él guardo un argumento irrebatible, que no quise emplear en nuestra porfía. Sepa usted, amigo mío, que después de todo lo dicho, Balzac y yo somos, en cuanto al matrimonio, del mismo parecer.

—¡Cáspita!... Luego no me ha dicho usted lo que siente, ó se pasa usted á su bando.

—Nada de eso: se pasa él al mío.

—¡Oiga!

—Así como suena. Veinte años después de escribir el grande hombre su famosa Fisiología, decía, textualmente, al comienzo de otro libro suyo: «Quizá no ha trazado mi pluma cuadro que evidencie como éste «cuán indispensable es el matrimonio indisoluble en las sociedades europeas

—¡Canastos!

—Y después de lamentarse de que se rigiera el mundo civilizado por un sistema, hijo del egoísmo de los hombres, que deificaba el buen éxito y aceptaba por lícitos todos los medios conducentes á lograrle, exclamaba: «¡Quiera Dios que se acoja pronto (la sociedad) al catolicismo, para purificar las masas por medio del sentimiento religioso y de una educación muy distinta de la que hoy reciben (¡asómbrese usted!) en las universidades láicas!»

—¡Demonio!... ¿Eso dice Balzac?

—Eso mismo; y sin el recelo de que me engañe la memoria, pues conservo en ella bien grabada esta preciosa confesión.

—¡Pero eso es ultramontano puro!